Quizá la entrada de hoy sea la más difícil que he escrito o que pueda escribir en mucho tiempo. ¿Cómo hablar del drama haitiano sin caer en populismos baratos y en erróneos razonamientos? Lo que se intenta, frente a catastrofes de semejante calibre, es buscar culpables. Algunos giliprogres (bien nombrados por Carlos Herrera) se empeñan en acusar a occidente de la situación actual en Puerto Principe, razonamiento, por otra parte, totalmente descabellado y carentre de sentido alguno. Nos empeñamos en inculpar a alguien de cualquier desastre para quedarnos con la conciencia tranquila y saber que nosotros no hemos sido ni juez ni parte en tal situación. Pero, insisto, ¿cómo se puede andar a la caza de un culpable en lo que ha problemas medioambientales se refiere? Lo cierto es que actualmente lo que ocurre en Haití en ocasiones pasa a un segundo plano mientras que el resto de paises miran quién la tiene más grande. Compiten por ver quién llega primero a ofrecer su mano y por saber quién da más. Se persigue a aquellos que ni siquiera se manifiestan o, sin embargo, lo hacen con cierto retraso como es el caso de Francia. Al país galo se le echa en cara no haber sido el primero en atender a Haití dado que hasta 1804 fue de su “propiedad”. ¿Qué sentido tiene que más de 200 años después Francia tenga el obligado cumplimiento de estar a la cabeza en esto de la ayuda?
Parece que en este tipo de desgraciadas circunstancias exite la entonación del mea culpa a priori que acaba convirtiendose en “yo fui el primero que ayudó”. Es curioso que se caiga en este tipo de combates internacionales cuando durante años ninguno de estos paises gañanes recordó que existía una isla llamada Haití, que por otra parte era uno de los paises más pobres del mundo. El terremoto se llevó por delante casas de papel de un 80% de la población que vive bajo el umbral de la pobreza. Si esos módulos de chapa hubiesen sido construcciones a prueba de temblores, donados por los paises que ahora se la miden, quizás los daños hubiesen sido menores. Y cuidado, no les culpo de lo sucedido pero sí de que se cuelguen medallas de un acto que no debería ser político sino solidario. Se siente una impotencia de un calibre descomunal cuando los muertos ascienden ya a 150 mil y los heridos quedan en más de 190 mil. Se replantean las evacuaciones de Puerto Principe o la construcción de grandes campamentos. Exite un momento de incertidumbre ya que para dentro de unas semanas se anuncian fuertes lluvias y ciclones que empeoraría, si cabe, la situación existente.
En los últimos días, los bancos haitianos han abierto sus puertas para que la gente pudiese retirar sus fondos. La comida era el primer destino de todas las reservas monetarias de los haitianos. La ayuda que se está enviando no es sufiente dado que impera la ley del más fuerte. La comida es lanzada desde el aire por el miedo que existe al bajar a tierra por la desesperación galopante y comprensible que existe. Con esto impera la ley del más fuerte en el que las madres con menores a su cargo no llegarán siquiera a oler los paquetes de alimentos dado que familias con la mayoria de sus miembros masculinos arrasarán con todo lo habido y por haber. Anunciaban, algunos de los organismos encargados de distribuir alimentos, que pisar suelo era una tarea impensable ya que los haitianos habian llegado incluso a acudir con armas para poder acceder de forma más fácil a los donativos.
Desgraciadamente esto sirve de lección hasta el momento en el que desaparece de las conciencias, hasta que ocurra algo similar en otra parte del mundo y volvamos a sentirnos culpables. Pero, en ningún momento, aquellas reuniones y cumbres de los paises con copiosas cenas, se abre hueco, entre tostas de caviar y foie, a tratar de ayudar a todos aquellos paises que, por su situación, con solamente una ráfaga de aire se pone patas arriba. Es cierto que no se puede evitar un terremoto y ni siquiera predecir pero si procurar de que los daños sean los menos posibles. Como se suele decir, prevenir siempre es mejor que curar porque en este caso la cura está siendo demasiado dolorosa.
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Señores y señoras tengo la solución al paro. Ha costado pero por fín ha aparecido. La solución es: hacerse pirata. Pero no pirata de parche y loro, no, eso son pamplinas. El pirata que se lleva es el somalí. Se ha sabido que más de 50 inversores ayudan a los abordajes que se vienen sucediendo ultimamente. Incluso se han establecido sueldos según las funciones desempeñadas. Si lo tuyo es la bodega, cobras menos que si estás en el grupo de asalto, y si además consigues ser el primero en poner pie en el barco rival, entonces te forras.
Sara Carbonero. Revista ELLE.